En el mercado del espectáculo vemos a menudo que los artistas se promocionan apareciendo en cuanto programa los inviten, algunos apelan a los escándalos y otros a los entredichos para mantenerse bajo la atención pública, pero que es lo que los motiva a ello, indudablemente no solo su figuretismo por así decirlo, sino también una finalidad económica que es convertirse en una marca que venda y por tanto valorada y codiciada por las empresas para promocionar sus productos.
En efecto actualmente las empresas se valen de la imagen de las personas que adquieren cierta notoriedad en el medio artístico, deportivo e incluso político para vender sus productos con el objeto de que tengan mayor aceptación por los consumidores.
Ya que se sabe que las personas guardan cierta admiración a los artistas llegando incluso a imitar sus comportamientos, es así que la publicidad mediante el uso de la imagen de un famoso asegura las ventas a una firma y a su vez reporta ganancias al artista.
Es entonces, que existen claros incentivos para que las personas que se inician en el mercado del espectáculo tiendan acaparar los medios y hacer notoria su vida no necesariamente por su talento sino principalmente por sus escándalos, puesto que el mercado demanda artistas que sean capaces de vender sus productos sin importar el costo.
Desde luego aquí estamos frente a una distorsión del mercado por incentivos perversos a los agentes económicos que condicionan sus actuaciones y no permite una oferta y demanda eficiente, es decir, los vendedores deberían competir por precio y calidad mientras que los compradores deberían demandar menos precios y más calidad, sin embargo, la publicidad tiende a nublar la visión de un mercado de competencia perfecta, porque brinda información irrelevante a los consumidores, cuando asume que un producto es de calidad porque lo promociona una figura conocida.
Por lo que, aquí pesa mucho el principio de autoridad o credibilidad de la marca, porque el producto no venderá por su características propias sino por el respaldo que recibe de la imagen del famoso, lo que ocasiona que al momento de comprar el bien, el consumidor actué de forma emocional, es decir, que no vea el producto en sí, sino que prime su admiración por el artista o deportista que promociona el bien y por tanto pierda objetividad.
Además, que en estos mercados pese a existir bienes similares o sustitutos, los compradores son fidelizados mediante la idolatría a la figura de la persona pública que rodea al producto.
Y aquí los consumidores tenemos que aprender a distinguir que calidad producto no es igual a la calidad del artista que lo promociona, porque detrás de ello existe una campaña publicitaria destinada a capturar nuestras preferencias. Los empresarios saben muy bien que los consumidores somos emocionales al comprar y por ello manipulan nuestras decisiones de consumo con figuras que admiramos, resaltan nuestro patriotismo o apelan a otros valores para lograr sus fines.
En suma, la personalidad de la marca implica el proceso, por el cual, el mercado tiende a concebir a una persona como marca comercial por sus posibilidad de atraer la preferencia del consumidor, impidiendo la objetividad del consumo, confundiendo las características del producto con las cualidades de la persona, lo que hace que el comprador sea cautivo del bien o servicio promocionada, en desmedro de la competencia, al no existir productos similares o sustitutos, ya que no habrá dos artistas iguales. La única posibilidad de no ser prisioneros de esta modalidad de publicidad muy propia de nuestro tiempo, es minimizar el comportamiento emocional al momento de comprar y agudizar la objetividad para no perder de vista al objeto por el sujeto.
lunes, 29 de noviembre de 2010
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